"Claudia" chofer de colectivos, un oficio para salir adelante

"Nunca tuve miedo de manejar un colectivo, sí mucho respeto", dice hoy, cuando cumple tareas administrativas en Transpuntano. Fotos: Martín Gómez/Gentileza.
"Nunca tuve miedo de manejar un colectivo, sí mucho respeto", dice hoy, cuando cumple tareas administrativas en Transpuntano. Fotos: Martín Gómez/Gentileza.

Aprendió a conducir con el auto de su padre. Ingresó a Saisa en 1998. Por más de 20 años recorrió la ciudad en las líneas "C", "G", "A" y "F". Empezó para mantener a sus hijos.


“Aprendí a manejar a los 12 años, en un Rambler Classic modelo 1967 que tenía mi padre, pero nunca imaginé que sería colectivera”.

Así empieza su relato Claudia Nasso, quien hace más de 20 años trabaja en Transpuntano, la empresa de ómnibus urbano de la ciudad de San Luis.

Nasso, en 1998, era empleada administrativa en el área de Transporte del Honorable Concejo Deliberante de la ciudad, que estaba a cargo de Mariano Constanzo. Ahí, a través de una amiga, se enteró que la empresa Saisa estaba tomando mujeres para conducir. “Tenía que mejorar mi situación económica, estaba recién divorciada y con dos hijos: Jonathan y Ramiro".

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"Necesitaba urgente otro trabajo, no dudé un instante y al día siguiente presenté mi curriculum ante Vera Araoz —a cargo de la empresa—, quien me dijo que lo dejara y volviera después. Yo le manifesté mi urgencia por trabajar, así que le pedí que me tomara un examen de conducción y que si no le servía, me volvía a mi casa. Así de simple fue todo”, agrega.

Claudia recuerda que ella solo manejaba su Fiat 600 y el auto de su padre, Francisco Nasso, un avezado conductor de camiones de transporte de combustibles de la firma Carletti Hermanos, de San Luis.

“No sentía miedo. Manejar un colectivo no es difícil, pero hay que tener sentido de la distancia, la altura, los giros, los horarios y, por sobre todas las cosas, el control de la unidad, porque uno está transportando personas y es muy especial el cuidado. Todo eso se me cruzó por la mente a la hora de subirme a un ómnibus”, admite Nasso.

Recuerda que Vera Araoz la puso a practicar junto a un señor de apellido Daminato, quien con el tiempo sería su maestro, su hacedor como conductora de colectivos. “En los siete días posteriores ya manejaba con seguridad un colectivo y quedé como empleada. Mi familia no lo podía creer, mis padres estaban orgullosos y mis hijos, felices. Mis hermanos, Miriam, Liliana, Silvia y Fabio (fallecido en un accidente), no lo podían creer, me decían que cómo iba a manejar un colectivo. No veían bien mi trabajo, decían que eso era solo para hombres. Yo les respondía que era un trabajo como cualquiera y estaba dispuesta a cumplir. Confieso que mi situación económica no era de las mejores y necesitaba con urgencia trabajar en otra cosa”.

“Me asignaron a la línea ‘C’, que pasaba por el barrio El Hornero, y después, la línea ‘G’. Éramos pocas las mujeres que por esos años manejábamos colectivos; entre ellas, recuerdo a Nora Catelli y Susana Peirone. Hubo otras chicas, pero dejaron por el estrés que produce este trabajo o por motivos que desconozco”, recuerda la chofer.

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Claudia Nasso reconoce que por esos años ser conductora de una unidad de transporte de pasajeros no era tarea fácil: “Había que recorrer barrios denominados peligrosos, llenar planillas, cortar boletos, cobrar, dar vueltos, cumplir el horario, tener paciencia con los pasajeros y estar atento al tránsito vehicular, entre otras cosas. Hoy es más fácil, el conductor solo conduce, no maneja dinero, no corta boletos y las unidades son distintas”.

Cuenta que sus inicios no fueron fáciles dentro de la empresa, por el machismo reinante. “Casi todos venían de la desaparecida empresa El Fifí y sentían como que nosotras veníamos a invadir un terreno que era exclusividad de hombres. Al tiempo creamos un lindo diálogo y un gran respeto laboral, que se mantiene hasta el día de hoy”.

La exconductora recuerda que también condujo la unidad 90 de la línea “A”, en la que estuvo 11 años, y que tuvo por compañero o socio (como se los llama en la jerga diaria) a Gustavo Galdeano. Luego estuvo otros 11 años en la línea “F”, con José Manuel Giménez en el interno 33. “En esas dos líneas estuve 22 años, en los que aprendí mucho. Disfrutaba del itinerario y del recorrido, sabía dónde los pasajeros subían y dónde bajaban. Eran evidentes el respeto y el reconocimiento, sobre todo de las mujeres, a quienes en un principio nos miraban como bichos raros. Tuve la gran suerte de que nunca me pasó nada ni sufrí robos o asaltos. A veces, a algunas nos mandaban a lavar los platos o que fuéramos a cuidar a nuestros hijos; eso era lo cotidiano”, recuerda Claudia.

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“No es fácil ser colectivera. Había que cumplir ocho horas diarias o más de trabajo. Una desciende del colectivo cansada y estresada, y tenía que volver a mi casa, donde me esperaban mis hijos y las tareas del hogar. Nuestra función es doble en relación a las tareas del hombre, pero no reniego. Sentí que cumplía con lo que me había planteado años atrás”, dice.

Claudia tuvo un tercer hijo, Francisco, quien hoy tiene 15 años. “Siento que son mis pilares, además de ser mis fans, junto a mi papá Francisco y mi mamá Yolanda Rivarola, quienes me ayudaron un montón. Hoy llevo más de 22 años en la empresa. Me siento premiada y bendecida por el rol que me toca cumplir, y porque amo mi trabajo".

A causa de la pandemia, muchos de sus compañeros dejaron de trabajar por distintos motivos, algunos por enfermedades de base y otros por edad. "A mí me designaron una oficina donde oficio de largadora, una hermosa tarea que requiere mucha dedicación y tiene mucho contacto con los choferes”.

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La ahora excolectivera cuenta cómo es su función después de estar 22 años conduciendo un colectivo. "Diariamente llego a la empresa aproximadamente a las 4:15 y espero la llegada de los choferes. Después de tomarle la temperatura y entregarle el barbijo, se le da la cucarda (planilla de los horarios de cada vuelta). Se le asigna la unidad y la planilla que está diagramada por el jefe de tránsito para el orden de salida de cada una de las terminales, que pueden ser Ediro, en la tercera rotonda de la Vía del Peregrino o en ruta 3".

“Yo quedo en la guardia —agrega— controlando los recorridos o por si alguna unidad tiene un desperfecto o accidente. En el primero de los casos, el chofer me indica qué es lo que pasó y yo comunico al área correspondiente para que los mecánicos concurran con sus herramientas y una unidad que posteriormente se le entrega al chofer para que retome el servicio".

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Claudia tiene tres nietos: Maia, de 8 años, Bautista, de 5, y uno del corazón, Lisandro, de tres años. Y para todos tiene un tiempo de su vida. No deja de recordar lo mucho que sufrió cuando se inició en esta profesión. “Los comienzos fueron durísimos, no fue fácil, tenía mis dos hijos mayores y un padre ausente que nunca colaboró para nada. Pero con el tiempo aprendí a amar esta profesión".

La mujer disfruta estar arriba de un colectivo, de recorrer por años los mismos barrios y que los pasajeros estuvieran contentos. Todos se saludaban y hasta se intercambiaban chistes. Parecía que estaban felices cuando eran transportados por Claudia.

"Si bien es cierto que al principio los hombres se sintieron invadidos, lentamente se dieron cuenta que las mujeres veníamos a trabajar".

Hoy en la empresa en la que trabaja hay más de 300 empleados; 198 están afectadas a la parte tranviaria, de las cuales nueve son mujeres: Karina Heredia, Nadia Pereyra, Belén Buttini, Marta Sosa, Roxana Pereyra, Sandra Baigoirria, Jacqueline Sosa y María Elena Pereyra", dice Claudia.

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